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La verdadera campaña es permanente

  • Foto del escritor: Julio Alberto Martinez Cisneros
    Julio Alberto Martinez Cisneros
  • hace 9 horas
  • 3 Min. de lectura
Imagen generada usando IA.
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Durante la pandemia por COVID-19, México —como muchos otros países— optó por una estrategia de vacunación extraordinaria basada en grandes centros masivos. Auditorios, centros de convenciones y espacios abiertos se transformaron en puntos de aplicación capaces de administrar miles de dosis por día. El objetivo era claro: acelerar la cobertura en el menor tiempo posible ante una emergencia sanitaria sin precedentes. En ese contexto, la logística extraordinaria tuvo sentido, aun cuando implicó un despliegue intensivo de recursos humanos, financieros y operativos fuera del funcionamiento cotidiano del sistema de salud (WHO, 2021).


Hoy, frente al resurgimiento del sarampión, el abordaje es distinto. La vacunación se está llevando a cabo principalmente en centros de salud, hospitales, escuelas, espacios de tránsito cotidiano e incluso mediante brigadas casa por casa. Este cambio no es menor: representa un retorno a los principios clásicos de la salud pública, donde la inmunización forma parte de la atención primaria y no de un evento excepcional. En lugar de movilizar a la población hacia grandes dispositivos logísticos, es el sistema de salud el que se desplaza y se acerca a las personas, utilizando su infraestructura instalada y su capital humano permanente (Díaz-Ortega, 2024).


La pregunta de fondo es si existen datos que permitan comparar la velocidad de avance y la efectividad de ambos modelos. La evidencia disponible sugiere que, si bien los centros masivos permiten aplicar un gran volumen de dosis en lapsos cortos, no necesariamente garantizan mejores coberturas finales cuando se trata de esquemas de vacunación que requieren seguimiento, continuidad y captación de poblaciones rezagadas. Estudios posteriores a la pandemia muestran que la interrupción o debilitamiento de la vacunación rutinaria tuvo un impacto negativo en coberturas esenciales, lo que evidencia que la lógica de campañas extraordinarias no sustituye a un sistema de inmunización sólido y permanente (Melkonyan et al., 2022; Mboussou et al., 2024).


En el caso del sarampión, una enfermedad con un umbral de inmunidad colectiva superior al 95 %, la estrategia integrada resulta particularmente relevante. La Organización Panamericana de la Salud ha documentado que los países con mejores resultados sostenidos son aquellos que fortalecen la vacunación desde los servicios de salud locales, combinándola con acciones comunitarias focalizadas, en lugar de depender exclusivamente de campañas masivas episódicas (OPS, 2023). En México, antes del brote actual, las coberturas ya mostraban signos de estancamiento, lo que refuerza la necesidad de una estrategia que no solo aplique dosis, sino que reconstruya la relación entre la población y los servicios de salud (El País, 2026).


Desde esta perspectiva, utilizar la capacidad instalada de centros de salud y hospitales no solo es más eficiente, sino también más coherente con una visión de largo plazo.


Estos espacios están diseñados para vacunar, cuentan con personal capacitado (importante también considerar, sistemas de registro, cadenas de frío y, sobre todo, permiten integrar la vacunación con otras intervenciones preventivas (completar esquemas, realizar detecciones, control del niño sano, aplicación de métodos anticoncepctivos, etc).

En contraste, los grandes centros improvisados para campañas específicas suelen carecer de continuidad, generan dependencia de operativos extraordinarios y pueden fragmentar la información clínica y epidemiológica (Okagbue et al., 2025).


No se trata de desestimar el valor que tuvieron los centros masivos durante la emergencia por COVID-19, sino de reconocer su carácter excepcional. Convertir lo extraordinario en regla puede debilitar al sistema de salud en lugar de fortalecerlo. La experiencia actual con la vacunación contra el sarampión muestra que acercar la vacuna a la vida cotidiana —en escuelas, colonias y unidades de salud— es una estrategia más sostenible, más equitativa y probablemente más efectiva para cerrar brechas de cobertura.


En un país con profundas desigualdades territoriales, la vacunación no debería depender de la capacidad de la población para desplazarse hacia grandes sedes, sino de la capacidad del Estado para garantizar servicios preventivos de calidad en el primer nivel de atención. Apostar por la vacunación integrada no es una decisión logística menor: es una postura política y sanitaria que reconoce que la fortaleza del sistema de salud se construye en lo cotidiano, no solo en la emergencia.


Referencias (APA)

  • Díaz-Ortega, J. L. (2024). Campañas de seguimiento y fortalecimiento de la vacunación rutinaria en las Américas. Revista Panamericana de Salud Pública, 48, e111. https://www.scielosp.org

  • El País. (2026, 6 de febrero). Brote de sarampión en México: alerta en Jalisco y refuerzo de la vacunación. https://elpais.com

  • Mboussou, F., et al. (2024). Status of routine immunization coverage worldwide: challenges and lessons after COVID-19. Vaccines, 12(2), 168. https://doi.org/10.3390/vaccines12020168

  • Melkonyan, N., et al. (2022). Impact of the COVID-19 pandemic on routine immunization services. Journal of Infection in Developing Countries, 16(5), 889–897.

  • Okagbue, H. I., et al. (2025). Integrating routine immunization into COVID-19 vaccination strategies. Human Vaccines & Immunotherapeutics. https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov

  • World Health Organization. (2021). Framework for decision-making: Implementation of mass vaccination campaigns in the context of COVID-19. WHO.

 
 
 

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